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La Pianista

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La Pianista 

mensajeLun 03 Oct, 2005 10:21 am.

La Pianista de Michael Haneke

En La pianista asistimos al progresivo desenmascaramiento de la dualidad del personaje interpretado por Isabelle Huppert: una profesora de piano rígida, inflexible, de pocas palabras y actitudes secas; pura frialdad. Tras este hieratismo mantenido hasta el extremo se vislumbran las grietas de una psicología alterada cuya profundidad irá quedando al descubierto a medida que avanza el film. Ya la primera escena de la película es indicadora de un conflicto de raíz familiar, la relación de Erika con su madre dista bastante de la normalidad doméstica. Teniendo habitaciones separadas, comparten cama; la dependencia mutua se vuelve tirantez a cada minuto, tensión violenta de manos y palabras; control obsesivo, casi persecutorio, de la madre hacia una hija supuestamente adulta. En realidad, las escenas de Erika con su madre no son numerosas pero sí determinantes. Casi todas ellas esconden claves del comportamiento de la pianista y casi ninguna puede definirse por la calma, mas al contrario se tiñen de dureza y crueldad. Pero se comprenden, se comprenden en parte los actos de Erika, heredados o, al menos, inducidos por la madre. El voyeurismo de la hija -en cabinas de sex shops, en autocines- no es más que un reflejo multiplicado del espionaje casero de la anciana; la envidia profesional hacia sus propios alumnos -una envidia que toca fondo con sanguinario arrebato- es pronosticada por el afán de ascenso social de la madre. Y, por encima de todo, se deduce que el personaje de Annie Girardot es perfectamente consciente del desequilibrio de su hija: lo conoce, lo condena pero, al fin, lo permite.

No cabe duda de que la acción central de la película reside en la relación de Erika con Walter, un joven alumno que se obsesiona con ella. Sin embargo, la insistencia de Walter termina pareciendo de lo más inocente si la comparamos con el oscuro interior de la pianista. Es a raíz de este acercamiento que la dualidad de ella se pone de manifiesto con una absoluta sordidez: la mujer de apariencia asexuada, de cuerpo frágil pero actitud autoritaria se descubre sumisa, no por debilidad sino por deseo y, para más inri, por deseo sexual. La inestabilidad psicológica de Erika, sean cuales sean sus fundamentos, se expresa en una sexualidad incompleta, reprimida, negada con violencia pero, al mismo tiempo, buscada con sadismo. Y es este aspecto el que se apropia de las dos terceras partes de la película. Lo que más llama la atención es que a pesar de lo perverso, incluso desagradable, de los actos de Erika, las escenas no son visualmente "obscenas" ni tan siquiera explícitas. Si bien queda claro lo que acontece, la cámara se coloca en donde puede insinuar más que mostrar o, en todo caso, mostrar con una perspectiva carente de toda grosería. El rechazo del espectador surge más de lo que sabe que ocurre que de lo que está viendo.

Por lo demás, la música recorre toda la película no sólo como acompañamiento sino como personaje. A través de la música Walter se acerca a Erika, por medio de la música la alumna y su madre quieren conquistar la fama. Queda la duda de si alguien de la gelidez del personaje de Huppert, que afirma no tener sentimientos -"y en caso de tenerlos nunca serán vencidos por mi inteligencia"-, es capaz de sentir verdadera pasión por la obra y el talento musical. Esto recuerda a tantos protagonistas de novelas y películas, asesinos o figuras desalmadas, entregados a la música de forma casi enamorada (por ejemplo, La naranja mecánica).

El ritmo es lento, de planos fijos y largos, muchos de ellos sustentados por el rostro de Isabelle Huppert. El resultado: una mente enfermiza, de baldosas rotas y empantanadas.

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(La Liga de los Hombres Extraordinarios)

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